Seis años sin Pappo Napolitano

En la noche del 25 de febrero del 2005, el legendario guitarrista murió en un accidente con su moto Harley Davidson. Y así como crece su legado, se multiplican las anécdotas y los reconocimientos.
Mezcla de niño travieso y adolescente irresponsable, Pappo se pasó la vida haciendo lo que le gustaba, principalmente tocar la guitarra, pero también divertirse con amigos, conquistar chicas y jugar bromas pesadas.

Hoy, al cumplirse seis años de su muerte, se encuentra confirmada la organización del tradicional homenaje, esta vez con gran infraestructura y en el estadio municipal de la ciudad de Luján, mientras que antes se realizaba al costado de la Ruta 5, exactamente donde ocurrió el accidente automovilístico en 2005. Además, está pronto a salir El hombre suburbano, una “biografía definitiva” escrita por el periodista de rock Sergio Marchi durante los últimos cuatro años, con gran cantidad de testimonios de familiares, amigos y conocidos del músico, desde Liliana y Luciano Napolitano hasta Luis Alberto Spinetta, B. B. King, Andrés Ciro y sus compañeros de Riff.

Según Marchi, “Pappo y Norberto Napolitano a veces eran dos personas distintas. Norberto Napolitano era él, en su casa, con su gente. Pappo era el hombre público, la bestia: el Carposaurio. A veces se le mezclaban. Y era muy contradictorio: ¡cantaba que ‘te pega una trompada y tira todo’, como si fuera sobre otro! Además, fue el guitarrista más brillante que tuvo el rock argentino, pero además fue un muy buen compositor y hasta te diría un buen cantante. La voz no lo ayudaba, pero dentro de su limitado registro podía afinar y darle emoción a una canción. Fue más que un músico de rock, pero a su manera se autolimitó.”

Con la perspectiva que dan estos seis años, la opinión de la personalidad dividida es más que atinada, porque en el terreno de los mitos urbanos coexisten tantas anécdotas de su espíritu abierto y fraternal, como aquellas sobre sus peleas e insultos gratuitos. En septiembre de 2002, por ejemplo, ocurrió la famosa escena entre Pappo y Lucas Martí, a quien vio en un bar, le golpeó la cara contra una mesa y luego le dio un billete de dos pesos “Para que te compres una cara nueva.” Un par de días después, Pappo se cruzó en el Buquebús con Spinetta, y se acercó para darle un abrazo, encontrándose con una dura reprimenda del músico, que resultó ser padrino de Martí. Durante todo el viaje, y gran parte de la estadía en Uruguay, Pappo quedó preocupado por el incidente, como si no hubiera sido el protagonista de la golpiza.
Como músico, en cambio, no quedan dudas sobre su talento y genialidad. Ya cuando era adolescente y tocaba una simple guitarra criolla en Plaza Francia, Pipo Lernoud y Miguel Abuelo detectaron su chispa de músico único en su estilo, y lo reclutaron para la primera encarnación de Los Abuelos de la Nada, en 1968. Un año después, Litto Nebbia y Ciro Fogliatta percibieron el mismo virtuosismo y lo incorporaron en el grupo más popular del joven rock argentino: Los Gatos. Con ellos dejó su sello en dos discos, Beat Nº1 y Rock de la mujer perdida, pero en 1970 ya estaba embarcado en un proyecto más personal: la primera encarnación de Pappo’s Blues, cuyo primer álbum contaba en su contratapa con un texto del productor Jorge Álvarez que lo comparaba con Eric Clapton, nada menos.

Desde entonces, Pappo pasó a ser un sinónimo del rock y el blues, especialmente en un país donde el gusto de gran parte del público rockero osciló entre modas como la música progresiva, el jazz-rock, el pop, el reggae, el ska y la fusión con la cumbia. Para Pappo, la aparición de Sui Géneris fue un hecho decisivo que “ablandó la milanesa”, según su particular argot que dividía la música en “blanda” y “dura”. Recién hizo las paces con la nueva generación de músicos cuando llegó el furor por el blues de los años noventa, y la reaparición del rock duro de la mano de La Renga. Con gente como Los Piojos, por ejemplo, recién apreció su manera de tocar cuando se juntaron en una sala de ensayos.
Con humor y arbitrariedad, Pappo manejaba una suerte de “metro patrón del rock”, decidiendo quién entraba y quién no. Un DJ como Ezequiel Deró, decididamente no. La escena local extraña no sólo su talento, sino también sus ocurrencias tan políticamente incorrectas. A su manera, fue el último en su especie.

Por Marcelo Fernández Bitar
Tiempo Argentino

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