Esther Goris: “Celebro este despertar de conciencias”

Mientras aguarda el estreno de una película que guionó, analiza el presente político, habla por primera vez de los riesgos que corrió en su juventud como militante y asegura: “Siento que esa chica que yo era a los quince años vuelve a sonreír”
Hoy por hoy un actor que dice: ‘no entiendo de política’, es un ser cuestionable. Creo que los artistas tenemos la obligación de dar una opinión. Estamos en épocas demasiado radicalizadas como para hacernos los distraídos. ¿No entendés de política? Bueno, vas a tener que empezar a entender, es demasiado importante”. Con este tono comienza la entrevista con Esther Goris, actriz, dramaturga y, actualmente, una de las caras más visibles entre los que festejan “el resurgimiento del debate”. Y es que, el contexto social, eso que para muchos es tan sólo un fondo neutro sobre el cual se desarrollan las vidas privadas, es, en cambio, para ella, un tema central, sobre el cual siente que puede, y más aún, debe influir. ¿Por qué no habría de hacerlo? El relato de su historia personal deja entrever plena conciencia de las circunstancias socio-políticas que la llevaron a ser quien es. Hoy, pocos días después del estreno de su nueva película, Ni dios, ni patrón, ni marido, el filme recoge la historia del primer diario feminista, la actriz habla de esa relación fondo-figura que se establece entre su biografía personal y la historia del país en esta nota. Una dialéctica que más de una vez se animó a indagar en la pantalla grande.

Su existencia comienza en uno de esos momentos en que el fondo neutro se vuelve flúo, imposible de ignorar, ineludible. Ese momento fue cuando sus padres huyeron de la España de posguerra y atravesaron el océano para instalarse en la Argentina, un país que recibía a otra mucama con cama adentro y a otro leñador sin cama en ningún lado, que dormía a la intemperie, quien gracias al frío tajante de La Pampa húmeda terminó internado durante 14 meses en el hospital Muñiz, con los pulmones severamente dañados. Un mediodía de 1957, la mucama salió de la casa de sus patrones luciendo un sencillo vestido blanco. Fue el mismo día que el leñador recibió el alta y partió del hospital para ver el mundo por primera vez, luego de la grave enfermedad que sobrellevó mejor gracias a esa novia que iba diariamente a cuidarlo. Ambos se encontraron en el Registro Civil para rubricar su compromiso, y esa misma noche se instalaron en su nuevo hogar como caseros en un campo. Seis años más tarde, en el hospital Evita nació la primera y única hija de ese matrimonio, Esther. Ella no recuerda a sus progenitores como caseros, sino como floristas, oficio al que se dedicaron cuando pudieron mudarse a Banfield para buscar un futuro mejor. Esos padres, que la rodeaban de jazmines y margaritas en el mercado del barrio, para que no sintiera el olor a carnes y verduras de los otros puestos de venta, poco pudieron hacer para calmar el contexto cuando a la nena, que recién cumplía quince años, se le dio por armar un centro de estudiantes en la escuela Escuela Normal Superior Antonio Mentruyt. En esa época militaba en la Juventud Guevarista. Las decenas de amonestaciones por golpear fuerte la puerta del interventor, y otros llamados de atención no le preocuparon a Esther, nada parecía amedrentarla cuando había que enfrentar a la autoridad, hasta que se enteró de la desaparición de dos de sus compañeros. “Estaba almorzando, no recuerdo si había vuelto o me iba al colegio, pero sí el shock. Me temblaban las manos. Yo agarré una carpeta, donde tenía apuntes del centro de estudiantes y citas como poemas de Julia Prilutzky Farny. Enseguida pensé en quemarlo. No había tierra, no tenía nada. Agarré un tacho y empecé a quemar los papeles ahí. Unos vecinos que me cuidaban me vieron y se dieron cuenta de que algo pasaba. Increíblemente no estaban mis padres. Esto me pasó mientras ellos realizaban su primer viaje a Galicia. Por supuesto, en cuanto supieron vinieron urgente y me ayudaron a zafar de la situación”. Lo que siguió fue un plan de escape. “Estuve escondida por un tiempo, con la ayuda de mis padres. Debería haberme ido más lejos, pero era tan chiquita que me daba menos miedo si dormía con mi mamá. Eso les pasaba a muchos chicos: creían que con su familia estaban a salvo”, recuerda. Ése fue el principio y el fin de su militancia, al menos explícita. “¿Cómo hoy en día no voy a estar con la juventud de La Campora?”, se pregunta en referencia a su aparición en el cierre de campaña de Hugo Yasky en el Luna Park y profundiza: “¿cómo no voy a estar con la juventud? Ninguna educación está completa sin conciencia política”. Y da pie a una reflexión sobre el momento que atraviesa el país.

– ¿Qué opina sobre el conflicto estudiantil que resurgió recientemente?

– Siento que la dictadura y el menemismo actuaron por irradiación, dejaron un adormecimiento peligroso. Sin dudas, en este momento hay un despertar de conciencias asombroso. A mí me robaron una adolescencia, no quiero que se la roben a nadie más. Para los que dicen que los jóvenes se equivocan con las tomas: los hombres aún equivocados deben hacer política, yo prefiero que hagan política aun cuando puedan cometer algún error, y que quede claro que no digo que lo estén cometiendo. Celebro este despabilamiento, celebro ciertas cosas que está haciendo este gobierno y que el día de mañana estos chicos se le puedan plantar a un cajetilla como Mariano Grondona, como lo hice yo cuando me dijo, entre otras cosas, que como había muchas radios, había pluralidad de voces.

– Y su respuesta fue “no me tome por estúpida…”.

– Pero claro. Cuando uno tiene la posibilidad de hablar hay que hacerse cargo, sobre todo los artistas, pese a las amenazas que caen sobre nosotros. Es muy delicado también lo que pasó con la nota que hizo la revista “Noticias”. Fontevecchia sacó un artículo haciendo referencia a los “Actores K” donde nos anuncia una catarata de amenazas, a nosotros, “a esta buena gente que se deja convencer” y dice que nos va a pasar como a Discépolo y a Hugo del Carril…, vamos a terminar en la miseria. La verdad, sería un honor parecernos a esas personas, pero sinceramente no me preocupan las amenazas, lo que me preocupa es que se ponga en duda la integridad moral. Desde que hice Evita hasta ahora me han ofrecido miles de cargos políticos, pero jamás acepté nada. Toda mi vida he hecho según pensaba. Es irónico que esa misma semana en Perfil salga una nota de Adrián Suar en tapa opinando sobre las mismas cuestiones, diciendo cosas como que teme por la continuidad del gobierno. Yo no pongo en duda la palabra de Suar, pero ¿no tiene más motivos Suar para que se ponga en duda la sinceridad de su discurso que yo, que Sbaraglia o Palomino? Señor Fonteveccia, mídanos con la misma vara. Yo no le temo a nada, he escrito cosas en contra del menemismo en plena década del ’90, no me asusta.

– Se puede decir entonces que no le preocupa la relación entre la continuidad de su carrera y la de este gobierno…

-¡Me preocupa la continuidad del país! ¿En que manos podríamos llegar a quedar? Porque más que la hijaputés, me llama la atención el grado de imbecilidad de la oposición. Me preocupa que Macri sea un tipo que expresa la más rancia derecha en todas sus preocupaciones, pero más me preocupa lo flojo de entendedera que es. Lo conozco personalmente y sé muy bien de qué hablo. Estuvo comiendo conmigo y he visto la dificultad que tenía respecto de los demás políticos que estaban en la mesa, y pensaba: “caramba”. Pero ojalá fuera solo él… “Carrió, por favor, volvé a arrodillarte frente a la iglesia y basta de arrodillarte frente a (Hugo) Biolcati”. ¿No nos da miedo quedar en manos de estos imbéciles? A mí me aterra.

– ¿Piensa que la gente percibe estas cosas del mismo modo que usted?

– No todos, claro, pero creo que la clase media tiene que hacer una gran autocrítica. Y me incluyo. La clase media fue cómplice de muchas y coincido en eso de que “no hay nada más conservador que un burgués asustado”. Ojo, esta vez es para tener miedo, pero de que no gane el Gobierno.

– ¿Siente que este panorama político le revivió el fervor adolescente con el que se acercó a la militancia?

– Por supuesto. Siento que esa chica que yo era a los quince años vuelve a sonreír. Pensé que yo no la iba a vivir nunca, que había pasado, me la habían contado y nunca más, pero ahora siento que si sobreviví debo hablar por todos aquellos que no pudieron hacerlo. Y hoy mi voz está siendo escuchada.

Fuente: 7 dias

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