“El beso”, del holandés Ger Thijs

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Beatriz Spelzini y Pablo Alarcón dignifican con su trabajo “El beso”, del holandés Ger Thijs, sobre la relación entre dos desconocidos en un parque, que se ofrece en El Tinglado, Mario Bravo 948, los domingos a las 21 y los lunes a las 20.

La puesta tiene el apoyo de la Embajada del Reino de los Países Bajos y aprovecha la presunta fama internacional del texto, que vio la luz en 2011 en su país para darse luego en Bélgica y Polonia, además de haber sido adaptado para la radio.

Obra de acción mínima, basada sobre todo en el diálogo, muestra el encuentro entre una mujer con un fuerte drama personal y un presunto humorista notorio de TV en busca de inspiración, todo en algún parque o bosque de Holanda, en peregrinación hacia algún lugar de fe.

Curiosamente, el punto de partida se asemeja a la obra nacional “Simplemente sucede”, estrenada no hace mucho en La Tertulia, a tres cuadras de El Tinglado, y en ambas la esperada seducción del dúo termina discurriendo por otros senderos.

En este caso el forzado encuentro -y el beso que se anuncia desde el título- se produce entre una mujer desahuciada por una cruel enfermedad y un artista alcohólico que está más cerca del fracaso que de sus enunciadas glorias.

El camino hacia ese lugar de cura o de peregrinación, que ella pone en duda por su escepticismo religioso, es lo que marca el mutuo conocimiento y la comprensión de las dificultades de cada cual para pulir la relación.

Así, el objetivo del varón, que es inevitablemente el de la seducción a través del autobombo, debe dar un volantazo para sostener a esa mujer deseada a la que sin embargo no quiere herir y a la que le transfiere un misticismo del que ella carece.
En un segundo plano aparecen las relaciones personales de cada uno, con un marido al cual se lo puede ver en su casa en la lejanía y una vida profesional y familiar bastante traumática en el caso masculino.

Hay un momento clave, crítico, en la obra y es el referido al beso, que no se produce en los labios como cualquiera hubiese sospechado, sino en el seno de la enferma, en una escena donde el erotismo se va al diablo y la desazón del conquistador lo enfrenta a la realidad.

Hay una inteligente escenografía de Cecilia Zuvialde en forma de sinfín, con ciertas reminiscencias vegetales, y actuaciones que bien valen la pena a pesar de que se notan diferencias de formación y registro.

Spelzini delata su origen académico, más teatral que otra cosa, con una voz bellamente timbrada y una respiración acorde, en tanto Alarcón cumple con una de sus mejores intervenciones escénicas a través de un personaje muy comunicativo y simpático, dueño de muchas carcajadas de la platea aun cuando la obra tiene su amargura.

El paso del tiempo está sugerido por módicos apagones, durante los cuales los intérpretes no salen de escena, y la leve acción se manifiesta en el cansancio de los caminantes más que por evidencias de cercanía con el lugar buscado.

Se nota un buen manejo en el “tempo” de la acción y sus pausas, tal vez debido al director Drut, aunque hay instantes de cierta incredulidad, como el uso de la petaca en manos del bebedor, ya que a ningún dipsómano veraz le alcanza esa cantidad.

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