Álex de la Iglesia: “Balada triste’ es la película en la que he tenido más libertad”

Finalizó el rodaje el pasado jueves, con la Mostra ya comenzada (“la vi entera por primera vez ayer”, reconoce), y al final Álex de la Iglesia se va a acabar colando entre los mejores directores que van a pasar por el Lido con una cinta que, eso sí, va a provocar controversia. Balada triste de trompeta, que así se llama su nuevo trabajo, supone una vuelta al de la Iglesia del humor negro, bizarro, barroco y desenfrenado. Vamos, se ha cascado una película de esas que a Tarantino le deben sacar una sonrisa de oreja a oreja y eso, teniendo en cuenta que el norteamericano preside el jurado, es un gran punto a su favor.

La historia, sencilla pero efectiva. A saber, un triángulo amoroso entre dos payasos y una trapecista de circo que acaba como el rosario de la aurora. Pero resumir Balada triste en tan pocas palabras es hacerle una injusticia a la cinta. Porque además de la historia de amor, el cineasta ambienta la historia en los últimos días del franquismo haciendo un repaso monumental a la cultura de la España negra (“una redundancia”, en sus propias palabras): de la televisión a la política, de la música a una sociedad que asiste a la lenta desintegración de un régimen que aún late con fuerza en una hora larga de metraje que empieza con una batalla en Madrid en plena Guerra Civil y termina en lo alto de la cruz del Valle de los Caídos.

Una historia en la que mezcla “amor, humor y horror y a los personajes con la historia de España”. Una mezcla necesaria, dice, porque los tres primeros conceptos están ligados de manera intrínseca: “El amor conduce al horror y la única manera de detenerlo es a través del humor.

El humor, en este caso, de dos payasos que se llevan a matar. Carlos Areces contra Antonio de la Torre, el payaso triste contra el payaso gracioso. Una figura “terrorífica si la sacas de contexto”, en palabras del director, al que le fascina la “relación extraña de la imagen de un payaso con la de un cura o un torero y que recuerdan a una sacerdotisa”.

En el recorrido por esa España negra redundante a la que se refería de la Iglesia, el madrileño vuelve a regalarnos una escena antológica en uno de los símbolos asociados a la capital. Esta vez, en lo alto de la cruz del Valle de los Caídos: “simboliza un pasado terrible de nuestra historia”.

Aunque una cinta con tantas referencias al pasado no podía cerrarse sin la aparición del hombre que lo provocó todo. Sí, Franco en persona aparece en pantalla, y además lo hace como un personaje adorable frente a uno de los protagonistas. “[Franco] forma parte de la historia anímica del personaje, y en la película es un personaje positivo, casi bonachón”, matiza de la Iglesia cuando habla de la inclusión del personaje. Y remata: “Lo obvio era presentarlo negativamente. Un personaje diabólico es mucho más terrible si haces que sea humano”.

Fuente: 20 minutos.es – El Pais
Foto: Claudio Onorati / Efe

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